ALAS NEGRAS - ALES NEGRES





ALAS NEGRAS

Cuando los ángeles de alas negras alumbran mi oscuridad,

los fantasmas salen de su escondrijo.

Sin piedad, sus graznidos estentóreos aturden mis sentidos,

agujerean mi querencia con sus cuernos puntiagudos,

desgarran mis ilusiones con sus uñas retorcidas.

Entonces mi alma se arquea sobre si misma,

mi aliento se enreda entre telas de araña,

mi cuerpo se anuda entre ovillos deshechos

y mi voz grita tu nombre.


(del poemario "Lava del alma")





ALES NEGRES

Quan els àngels d’ales negres enlluernen la meua foscor,
els fantasmes ixen del seu amagatall.
Sense pietat, els seus cucleigs estentoris atordeixen els meus sentits,
foraden la meua volença amb les seues banyes punxegudes,
esqueixen les meues il·lusions amb les seues ungles retortes.
Llavors la meua ànima s’arca al seu damunt mateix,
el meu alé s’endreda entre teranyines,
el meu cos es nua entre cabdells desfets  
i la meua veu crida el teu nom.

     Comentario de Pere Bessó adjunto a la traducción


Llama poderosamente la atención que esos ángeles negros tengan la llamada crujiente del graznido, como los cuervos. Y lo señalo porque no es fácil encontrar una voz femenina que lleve a la poesía tal analogía. De Rustebues, Villon a Poe pasando por Baudelaire o Corbière no se me ocurren nombres de la lírica femenina, salvo una grande que acabaría suicidándose, la Sylvia Plath o la propia Marianne Moore, pero ahora mismo recuerdo a la imaginista Amy Lowell en uno de sus haikus con graznidos para enseñarle los ovarios al mismísimo Pound…
Claro está que si vamos a la familia de los córbidos, la graja sí tiene su representación femenina en María Pozzi e incluso recuerdo el tema instrumental, magnífico, del arrendajo azul –Blue jar away-,un tema injustamente relegado, quizás, por la grandeza del loco de la colina, un temazo, amiga…
Llegados acá, veo que me desvié. Quizás tengas esa virtud, la de desencaminar a aquéllos que se dejan revertir por tus versos.
Pues bie, Mercedes, tu poema tiene mucho de referencias literarias, aunque tú no lo sepas. Y ni siquiera me voy a la fábula o los falsos isopetes del Medioevo. Hay un destello que me acerca a una canción obscura del maestro William Blake, que, además, había bebido de más de un soneto shakespeareano. La presencia del Maligno en el desamor. Ángeles negros cual cuervos enormes, diablos con cuernos y uñas dispuestas al arañazo, más aún, al desgarro del alma.
Ay, Mercedes, esa larga tradición cristiana de la legión de diablos por las almas descarriadas, a la que tú vuelves: esa alma –que todavía es aliento y no se separa del cuerpo- caída en el pecado de amor que -aun postrera y postrada- osa gritar el nombre del Amado…