10/4/16

LA SOMBRA DE LA LUNA




Vestida con la sombra de la luna,

perfumada con la luz de mi ansia,


detenida en la estación prohibida de tu cuello,

te envolví con la piel de mi deseo.



Mercedes Ridocci




LA MUJER SIN ROSTRO



Una tarde de domingo se decidió.
Buscó en Google varias páginas de contactos hasta que encontró una que le ofreció cierta confianza.
Se registró con el nombre de “La mujer sin rostro” y escribió:
Deseo tener un encuentro erótico, translúcido, diáfano,… con “El hombre sin rostro”. Una máscara cubrirá nuestro semblante. Quedaremos en un lugar impersonal, no habrá preguntas, no sabremos nada uno del otro.
Al día siguiente recibió un mensaje:
Valiente “mujer sin rostro”, lo que pides me despierta sensaciones inquietantes, evocadoras de sueños llenos de misterio y viejas pasiones.
Te daré lo que pides, y mi oscurecido sol se teñirá del color del sol poniente.
Le gustaron sus palabras, le pareció un hombre especial.
¿Dónde y cuando nos vemos?, le contestó

Se citaron en un hotel a las afueras de la ciudad. Ella llevó puesta la máscara del Sol poniente, él la del Oscuro sol. Cuando entró en la habitación, ya estaba esperándola.
Sol poniente se tumbó en la cama y Oscuro sol, sentándose en el borde, le rozó suavemente la mano con la yema de sus dedos calientes. Como brisa de verano, el calor fue inundando su tibio cuerpo. Sol poniente se dejó hacer: sus dedos, sus labios y su lengua rodaron por su corpórea alma como nubes blancas, extendiéndose en la inmensidad de su piel.
Al igual que llamas candentes y enredadas, sus cuerpos se disolvieron. Del sonido del silencio fluyeron viejas y olvidadas melodías acompasadas, olían a tiempo recobrado. El unísono latir de sus corazones resquebrajó el frío de sus sombras. Oscuro sol se tiño del color del Sol poniente, Sol poniente de la luz al mediodía.
Se despidieron con un sencillo pero hondo "gracias".

Al salir del hotel, se fueron en direcciones contrarias.
“La mujer sin rostro” caminó hacia el parque situado a unos metros del hotel. Se sentó en un banco y cinceló su alma con la pasión renovada.

Con la claridad de la luna nueva derramándose sobre ella, regresó a su casa. Su marido leía sentado en el sofá, mientras una música de Pourcel envolvía el silencio del salón.
Le dio un acostumbrado beso. Él la miró vertido en oculta pasión.
Cenaron entre calladas y aquietadas resonancias.
Después se acostaron, ella tintada con la luz del mediodía; él, con el color del sol poniente.
Mercedes Ridocci