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12/2/26

UN RECUERDO DE INFANCIA

 

De pequeña tenía una debilidad, aunque mirándolo bien, aún la tengo, sobre todo cuando alguien me mira con ojitos de “cordero degollado”. Todos los domingos mis padres nos llevaban, a mi hermano y a mí, a dar un paseo por la calle principal de la pequeña ciudad de León y nos compraban un pastel. Por delante de ellos correteábamos ansiosos al divisar la Casa de Camilo de Blas. Al entrar en la pastelería, mi hermano y yo nos mirábamos, cómplices del juego que estaba a punto de comenzar: “¿Quién de los dos acabaría más tarde el pastel?” Yo lo comía a trocitos pequeños y moderados, dilatando en el tiempo el final de mi pastel. Mi hermano, a bocados grandes y ávidos. Así que ya os podéis imaginar quién ganaba el juego. Pero no por ello era beneficiaria, no os vayáis a creer, ¡qué va, qué va! sino víctima, pues invariablemente, ante la mirada suplicante de mi hermano y mientras apenas podía disimular una pícara sonrisa, acababa compartiendo con él, el resto de mi pastel. 
Mercedes Ridocci 
Imagen – “Casa Camilo de Blas de León” donde mi abuelo trabajó de hojaldrero.

8/2/26

EL CARTERO DE ENTONCES

 

Al amanecer, ya se puede ver al anciano cartero subiendo y bajando por las empinadas calles del pueblo. Lleva en su saca palabras cargadas de sentimientos. Palabras que hablan de amor y desamor; de ilusiones y desilusiones; de éxitos y fracasos; de nostalgias y recuerdos. Palabras que vienen de lejos, palabras que él acerca con temblorosa mano al que ansiosa espera. Al anochecer vuelve a su casa; los pies hinchados y la espalda dolorida; el carromato vacío y el corazón dichoso. 
Y mañana, una vez más, su vieja saca se llenará con palabras que vienen de lejos. 
Mercedes Ridocci

14/2/23

CUANDO YA NADA SE ESPERA







Ella, que de adolescente soñaba con ser la musa de un artista. 

Ella, una mujer bella, inteligente y sobresaliente cardióloga. 

Ella, que, aunque no musa, llegó a ser amante de algún que otro escritor, actor, pintor…

Ella, que aun no sabe por qué, fracasó en cada una de estas relaciones. 

Ella, siempre, la abandonada. 

Un buen día, con cuarenta y nueve años a sus espaldas, cansada de seguir buscando su anhelo y viviendo en el más absoluto vacío afectivo, decidió volver a su ciudad natal. Allí al menos, sentiría la cercanía de algún que otro familiar, de algún que otro viejo amigo, el olor del que fue su hogar. 

Ahora sus sueños han desaparecido. Intenta acostumbrarse a esta vida mediocre de la que ya hace mucho tiempo renegó. 


Del apartado “Historias de mujeres” del libro “Historias de mujeres y otros relatos” – Mercedes Ridocci


Imagen descargada de google.

 

19/11/22

LA LLAVE - Mercedes Ridocci




Cuarto puesto de los 10 seleccionados en el Sexto concurso literario "Cuarto y mitad", organizado por la Biblioteca Municipal "Mario Vargas Llosa" de Madrid, la tertulia literaria "El escribidor" y el Mercado Barceló.
                                          

LA LLAVE




LA HIJA


Cansada de la inútil espera y ensordecida por el tic-tac estancado del reloj, la madre decide irse a la cama.

La ansiedad de lo que estaba por venir, provocaba el estado de alerta en el que la niña se sumía cada noche.

Quedamente, como queriendo entrar sin hacer ruido, iba llegando a sus oídos el llanto solitario y sumiso de la madre.

¿Qué podía hacer ella? Deseaba enormemente que cesara cuanto antes, pero no tenía la llave que cerrara el filón de esas lágrimas ¡Esa llave!, la niña lo sabía muy bien, estaba detenida en el bolsillo alegre de su padre.

Con los ojos muy abiertos, la mandíbula prieta, el pulso acelerado, esperaba la llegada del eco de esa llave entrando en la cerradura y la luz que desde el pasillo inundaba su habitación.

Entonces la doliente melodía dejaba de sonar. Volvía a reinar el zumbido metálico del silencio. Sus párpados caían rendidos y sus oídos se volvían sordos, adentrándose poco a poco en el mundo de los sueños infantiles.

Al día siguiente, la luz que entraba por las rendijas de la persiana despertaba a la niña y el aire le parecía nuevo, limpio e inmaculado.

Antes de levantarse le gustaba quedarse acurrucada en la cama, dejándose envolver por los sonidos cotidianos y tranquilizadores que desde la calle se filtraban a través de la ventana: el zumbido del motor de la furgoneta que abastecía a la frutería de enfrente, la conversación dicharachera de la dueña con los primeros compradores, el canto del jilguero de la vecina de al lado.

Como todas las mañanas, el olor a chocolate iba llenando la casa, entonces la niña se levantaba y se dirigía a la cocina. La madre la recibía con un cariñoso beso. Su rostro, inundado por la luz del nuevo día, parecía haber borrado toda huella de tristeza.

La niña desayunaba el tazón de chocolate que todos los días la madre le preparaba. Después se metía en el baño, impregnado aún del olor a la colonia que usaba el padre. Hacía ya un rato que se había ido a trabajar. Recordó la risa a flor de piel de su padre, su mano caliente y segura cuando la llevaba de paseo, su voz un poco ronca y dispuesta a la broma. Anheló que llegara el domingo, día en que el padre, las llevaba a merendar a un mesón situado en un bosque de pinos a las afueras de la ciudad. Allí se juntaban con otras familias. Los mayores cantaban y reían, los niños jugaban en el soportal. Entonces, la niña se sentía feliz.

Una vez aseada, salía del baño, cogía la cartera y dando otro beso a la madre, se dirigía al colegio.


LA MADRE


Solo la madre conocía la otra cara del padre, solo ella sabia lo que era el abandono.

A los demás, le mostraba su alegría, su amabilidad, su disponibilidad a la atención, a realizar cualquier tipo de favor.

Para el padre, su bienestar se encontraba en otro sitio, las ilusiones, los deseos, las largas esperas nocturnas de la madre, pasaban a un segundo plano.

La madre soñaba con un hombre que la atendiera, que, en las frías tardes de invierno, llegara a casa después del trabajo y se sentara a su lado mientras picaban cualquier cosa, hablando de lo acontecido durante el día o viendo un rato la televisión. Que, en los atardeceres de verano, la llevara a pasear al parque y que mientras la niña jugaba, ellos se tomarían, vigilantes desde el quiosco, un tinto de verano. Que se acostaran juntos cada noche y él la rodeara con sus brazos, empapándose de su olor hasta que el sueño los fuera arropando.

Cuando se casó con el padre, no sabía que él no estaría dispuesto a renunciar por nada del mundo a sus partidas interminables con los amigos, a sus rondas por los bares, a sus improvisadas y frecuentes cenas hasta altas horas de la noche.

Hoy sabe que nada cambiará, que el padre no llegará a ser el hombre que sueña.

Seguirá llorando todas las noches hasta que sienta el sonido de la llave girando en la cerradura.



EL PADRE


Antes de abrir la modesta peluquería, el padre ya había saludado a los dueños de la papelería de al lado y al ferretero de enfrente, con los cuales mantenía una relación de vecindad sostenida desde hacía muchos años.

Al padre, hombre comunicativo y amante de la plática, le gustaba su oficio. Le permitía conversar de fútbol, de política, y de todo lo que surgiera, con sus clientes.

En los ratos que no tenía a nadie en la peluquería, el padre leía el periódico, se paseaba de un lado a otro silbando cualquier melodía que le viniera a la cabeza, o salía a la puerta, saludando a unos y a otros hasta que aparecía otro cliente. Siempre estaba contento.

Al atardecer, cuando cerraba la peluquería, se iba al bar donde le esperaban sus amigos con el propósito de tomar un par de vasos, echar una partida, y retirarse pronto a casa.

Sin embargo, casi nunca era así. Una partida, llamaba a otra. Un vaso a otro. El gusanillo en el estómago, a la improvisada cena. La cena a un café. El café a una copa.

Poco a poco, el padre se había ido olvidando de la cena que le esperaba en casa, de la mujer que apesadumbrada le requería, de la niña que estaba deseando su beso de buenas noches.

Cuando el padre llegaba a casa y se acostaba junto a la madre, sentía su hipo convulso que poco a poco iba desapareciendo, y aunque a la mañana siguiente se sentiría un poco culpable y le juraría a la madre que hoy llegaría pronto a casa, los dos sabían que no sería así. Que habría que esperar al domingo para parecer una familia feliz.

Mercedes Ridocci

(Del libro "Historias de mujeres y otros relatos" - Mercedes Ridocci)




9/11/22

EN LA ESQUINA DE UN CAFÉ - Mercedes Ridocci

 


Todas las mañanas le veo sentado en la mesa de una esquina del café.

El reflejo del sol que se filtra a través de la ventana

acentúa su cara triste.

Le observo desde la mesa de enfrente.

Escribe sin parar.

De vez en cuando levanta la vista y su mirada abstraída

traspasa mi rostro de cristal.

Me pregunto cuál es la historia que traza entre su mano y el papel.

Un día, me levanté, fui hacia su mesa, y le dije:

- ¿Por qué estás siempre triste?

- Por ti - me contesto.

- ¿Sobre que escribes?

- Sobre ti.

- ¿Y como es tu historia?

- Triste como tú.

Me miré en su rostro, y en él vi reflejada…

mi cara triste. 

Mercedes Ridocci

Del libro "Historia de mujeres de otros relatos

Imagen - Mercedes Ridocci

3/4/19

ONÍRICO ENCUENTRO


Imagen descargada de google


Tiene cuarenta años. Entra en el café con el fulgor de quién aún cree en la magia de la noche. Lleva un vestido negro que acentúa su etérea delgadez, el pelo recogido resalta sus angulosos pómulos, un fular rojo alrededor del cuello ilumina su tez morena y sus ojos claros.
Se sienta en la mesa que da a la ventana y pide un café.
Detiene su mirada en el hombre acodado en la barra del bar. 
Le llama la atención la ajada chaqueta de lino blanco que remarca la curva de su espalda donde parece encerrar el peso de una aplazada existencia, el sombrero negro que soslaya su misterioso rostro, la barba desordenada que deja ocultar una inédita nostalgia suspendida en un espacio intangible.
No puede dejar de mirarle. Un impulso inexplicable la lleva a sumergirse en la profunda oscuridad de sus ojos. Cuanto más se introduce, más se baña en transparencia.
Desvía la mirada hacía el mantel púrpura que cubre la mesa y con los dedos de la mano dibuja con incendiarias caricias el misterio desvelado: la línea hendida que divide su frente en surcos de anhelos extraviados, las cejas arqueadas y espesas que presiden sus ojos sin consuelo, la torcida y severa curva de su nariz, el grosor de sus labios tristes, la barbilla afilada apuntando al vacío, el volumen de su cabeza resonando melodías sin notas…


Si, no cabía duda, él era el hombre quien esa noche había moldeado su sueño.

Del Libro "Historias de mujeres y otros relatos" - © Mercedes Ridocci


10/4/16

LA MUJER SIN ROSTRO



Una tarde de domingo se decidió.
Buscó en Google varias páginas de contactos hasta que encontró una que le ofreció cierta confianza.
Se registró con el nombre de “La mujer sin rostro” y escribió:
Deseo tener un encuentro erótico, translúcido, diáfano,… con “El hombre sin rostro”. Una máscara cubrirá nuestro semblante. Quedaremos en un lugar impersonal, no habrá preguntas, no sabremos nada uno del otro.
Al día siguiente recibió un mensaje:
Valiente “mujer sin rostro”, lo que pides me despierta sensaciones inquietantes, evocadoras de sueños llenos de misterio y viejas pasiones.
Te daré lo que pides, y mi oscurecido sol se teñirá del color del sol poniente.
Le gustaron sus palabras, le pareció un hombre especial.
¿Dónde y cuando nos vemos?, le contestó

Se citaron en un hotel a las afueras de la ciudad. Ella llevó puesta la máscara del Sol poniente, él la del Oscuro sol. Cuando entró en la habitación, ya estaba esperándola.
Sol poniente se tumbó en la cama y Oscuro sol, sentándose en el borde, le rozó suavemente la mano con la yema de sus dedos calientes. Como brisa de verano, el calor fue inundando su tibio cuerpo. Sol poniente se dejó hacer: sus dedos, sus labios y su lengua rodaron por su corpórea alma como nubes blancas, extendiéndose en la inmensidad de su piel.
Al igual que llamas candentes y enredadas, sus cuerpos se disolvieron. Del sonido del silencio fluyeron viejas y olvidadas melodías acompasadas, olían a tiempo recobrado. El unísono latir de sus corazones resquebrajó el frío de sus sombras. Oscuro sol se tiño del color del Sol poniente, Sol poniente de la luz al mediodía.
Se despidieron con un sencillo pero hondo "gracias".

Al salir del hotel, se fueron en direcciones contrarias.
“La mujer sin rostro” caminó hacia el parque situado a unos metros del hotel. Se sentó en un banco y cinceló su alma con la pasión renovada.

Con la claridad de la luna nueva derramándose sobre ella, regresó a su casa. Su marido leía sentado en el sofá, mientras una música de Pourcel envolvía el silencio del salón.
Le dio un acostumbrado beso. Él la miró vertido en oculta pasión.
Cenaron entre calladas y aquietadas resonancias.
Después se acostaron, ella tintada con la luz del mediodía; él, con el color del sol poniente.

(del libro "Historias de mujeres y otros relatos" -  © Mercedes Ridocci


3/9/13

EL RITUAL


Salió del río bañado en sal azul y se contempló en sus aguas.
Deslizó su mano regada en almizcle por la piel húmeda y brillante.
Preparándose para el ritual, se cubrió con la túnica blanca tintada con finos haces de color ámbar. La transparencia suave y ligera de la gasa resaltaba el color pardo de la aureola de sus pechos y el leonado de su pubis.

Entró en la gruta vacía y armó con celo el escenario.
Trazando suaves serpenteos colocó el lienzo púrpura sobre el suelo desnudo. Lo cercó con cirios dorados e incienso perfumado de jengibre y canela. 

Como virgen dispuesta para la ceremonia se tendió sobre las ondas marinas del mar rojo. La sombra de las llamas bailaron sensuales sobre su cuerpo. Sintió el voluptuoso sonido de la lasciva paloma aleteando a su alrededor.
Sus manos volaron hacia los senos cubiertos y los pezones gritaron exultantes. El látigo del placer le recorrió la columna hasta apartarle las piernas. La túnica, dúctil, rodó hacia la cintura. 

Frente a ella, contemplándola altivo, sintió a la magnánima y esperada presencia. 
Sus dedos friccionaron con ímpetu su oquedad velada. Las paredes rojas y jugosas se rasgaron ofrendadas, provocando en la sublime presencia el fausto deseo liberado.
Un grito húmedo y convulso inflamó el aire.
El eco estalló en espuma blanca, inundando las entrañas abiertas y entregadas de la mujer.

Del libro "Historias de mujeres y otros relatos" -  © Mercedes Ridocci


Imagen: "El torso de Adèle" - Rodin

JAURÍA DE GATOS

  Anidamos en tu veneno  nos nutre y nos sustenta.  Las crías proliferan.  Maullamos a gritos  te ensordecemos,  te atormentamos.  Mercedes ...