En sus venas ardía la amargura,
fluyen vapores trenzados con hilos agrios,
gimiendo en su pelo,
apretando su cuello.
Los brazos del hombre bueno
mecieron el cuerpo desmayado,
con las manos secó las lágrimas de su cabello,
con labios calientes deshizo la trenza que apretaba su cuello.
Entonces la mujer abrió los ojos,
miró al hombre bueno
y respiró entre sus brazos.
Poema e imagen - Mercedes Ridocci






