De pequeña tenía una debilidad, aunque mirándolo bien, aún la tengo, sobre todo cuando alguien me mira con ojitos de “cordero degollado”. Todos los domingos mis padres nos llevaban, a mi hermano y a mí, a dar un paseo por la calle principal de la pequeña ciudad de León y nos compraban un pastel. Por delante de ellos correteábamos ansiosos al divisar la Casa de Camilo de Blas. Al entrar en la pastelería, mi hermano y yo nos mirábamos, cómplices del juego que estaba a punto de comenzar: “¿Quién de los dos acabaría más tarde el pastel?” Yo lo comía a trocitos pequeños y moderados, dilatando en el tiempo el final de mi pastel. Mi hermano, a bocados grandes y ávidos. Así que ya os podéis imaginar quién ganaba el juego. Pero no por ello era beneficiaria, no os vayáis a creer, ¡qué va, qué va! sino víctima, pues invariablemente, ante la mirada suplicante de mi hermano y mientras apenas podía disimular una pícara sonrisa, acababa compartiendo con él, el resto de mi pastel.
Mercedes Ridocci
Imagen – “Casa Camilo de Blas de León” donde mi abuelo trabajó de hojaldrero.

No hay comentarios:
Publicar un comentario